Hoy el mundo es un poco más extraño. Hay un silencio raro que lo invade todo y no puedo evitar sentir una punzada de irrealidad. David Lynch, ese hombre que nos enseñó a mirar el lado extraño de la vida y a amar lo incómodo y lo inexplicable, nos ha dejado. Su ausencia deja un vacío que no se puede llenar, pero cada vez que el cine se atreva a ser raro, incómodo y diferente, su legado seguirá latiendo. Con él aprendí a disfrutar de la melancolía, del misterio y del lado más oscuro de mis propios sueños. Era un creador de atmósferas, un poeta de las sombras donde la lógica se disuelve. Nunca daba respuestas claras y a menudo ni siquiera las preguntas adecuadas. Simplemente nos dejaba espacio para perdernos.

Mientras escribo estas líneas, recuerdo la primera vez que vi «Twin Peaks». Ese pequeño pueblo americano, aparentemente tranquilo, escondía algo perturbador, algo que no podía nombrar pero que me atrapó de inmediato. Más allá del cadáver de Laura Palmer envuelto en plástico, lo realmente fascinante eran esos enigmas que se escondían detrás de las cortinas, de las sonrisas, incluso de las tazas de café y de los pasteles de cereza. Las piezas no encajaban, pero cada plano, cada diálogo, cada nota de la música estaba cargada de un misterio que no necesitaba explicación. Entonces entendí que lo importante no es resolver el enigma, sino sentirlo.

Años más tarde, siguiendo las huellas de Lynch, llegué a «Cabeza borradora» («Eraserhead», 1977). ¿Cómo describir algo tan brutal? No es una película para todos los públicos pero tampoco lo pretende. Lynch nos lleva a un lugar donde el blanco y negro es más que un estilo visual. Oculta horrores inimaginables. Esa atmósfera opresiva, esa crudeza existencial, ese bebé… ese ruido constante… «Cabeza borradora» es una invitación a salir de nuestra zona de confort, como un susurro al oído que no puedes ignorar.

Pero si tengo que hablar de mi primer contacto con Lynch, debo volver a mi infancia. Nunca olvidaré la sensación de incomodidad que me causó «El hombre elefante» (1980). Recuerdo estar en casa de mi abuela, frente a la pantalla del televisor, viendo la triste historia de ese hombre deformado, marginado y humillado por su apariencia. No sé si fue horror, tristeza o empatía lo que sentí, pero me impactó profundamente. Sin embargo, no podía dejar de mirar.

Lynch no es fácil de clasificar. Hablar de él es hablar de lo incoherente, de lo perturbador, de lo que escapa a cualquier lógica. Quizá por eso, a veces se le ha negado el título de autor de terror, pero para mí su obra está llena de un miedo primigenio, el tipo de miedo que nace de lo que no podemos entender. Desde «Cabeza borradora» (1977), pasando por «El hombre elefante» (1980), «Dune» (1984), «Terciopelo azul» (1986), «Corazón salvaje» (1990), «Twin Peaks: Fuego camina conmigo» (1992), «Carretera perdida» (1997), «Una historia verdadera» (1999), «Mulholland Drive» (2001) e «Inland Empire» (2006), Lynch nos ha invitado a perder el equilibrio y a caminar por un universo onírico, incómodo y fascinante.

Lynch era un artista en el sentido más amplio de la palabra. Cineasta, pintor, músico, creador de sueños… Su obra es un reflejo de su mente inquieta, de su necesidad de romper las reglas y crear algo único. Y aunque Hollywood nunca llegó a entenderlo del todo, él nunca dejó de ser fiel a sí mismo. Sus películas no gustan a todo el mundo, es cierto, pero quienes nos dejamos llevar por su visión encontramos algo único, algo irrepetible.

En 2020, el Festival de Sitges le otorgó su gran premio honorífico en reconocimiento a toda su trayectoria. Fue una edición inusual, marcada por la pandemia, y el homenaje tuvo que hacerse de forma virtual. Aunque no estuvo presente físicamente, envió un video agradeciendo el reconocimiento. Lamentablemente, nos quedamos con las ganas de conocer en persona a este peculiar creador que ha sabido retratar el miedo y la belleza como nadie más.
Hoy, mientras escribo esto, pienso en lo que nos dejó. David Lynch no se irá nunca del todo. Sus películas, sus sueños y sus misterios siguen ahí, esperando a ser redescubiertos. Nos enseñó que no todo tiene que tener sentido, que el misterio es parte de la vida y que hay belleza en lo extraño.
Gracias por tus carreteras perdidas, tus cortinas rojas, tus luces parpadeantes y tus paisajes de ensueño. Hoy el mundo es un poco más extraño sin ti, pero tu obra seguirá iluminando nuestras sombras. Siempre serás nuestro guía en ese lugar donde los sueños y las pesadillas se entrelazan en el otro lado del espejo.








«Un mundo extraño». Se le podría poner la banda sonora de Chavela Vargas y seguro que a Lynch le encantaría, Jordi. Has escrito un maravilloso homenaje, bien construido, además de salir del estómago.
Buen homenaje a Lynch, gracias Jordi.