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Sitges 2023. Frame a frame, por amor al arte del stop motion

¿Quién dijo que no se puede estar en dos lugares a la vez?
Tengo sed de sangre, tengo sed de Sitges. Mientras cuento los días para sumergirme en la nueva edición del festival, mi mente juega con la ilusión de dar vida a lo inanimado. Tengo entre manos una nueva y emocionante idea: crear un cortometraje en stop motion.

Al imaginar esta aventura, no puedo evitar recordar las fascinantes películas creadas con esta técnica que se proyectaron el año pasado en el festival. Y como si el destino quisiera alimentar aún más mi obsesión, me entero de que este año el Festival de Sitges nos trae «Sauvages», la nueva obra de Claude Barras. ¿Os acordáis de «La vida de Calabacín» (2016)? Ese emotivo relato sobre un niño que, sin querer, provoca la muerte accidental de su madre alcohólica y se ve obligado a encontrar su lugar en el mundo en un orfanato. Su director regresa ahora con una aventura ecológica en stop motion que promete ser igual de conmovedora.

 

 

Y por si fuera poco, Adam Elliot, director de «Mary and Max» (2009), traerá otra muestra de su oscuro universo de claymation con «Memoir of a snail», que nos narra la extraña relación entre una niña solitaria aficionada al coleccionismo y una excéntrica anciana.

¡Pinta brutal! ¡No puedo esperar para disfrutar de estas maravillas en el festival!

 

 

Así que, antes de sumergirnos en nuevas historias, ¿por qué no revivir esas maravillas artesanales, frame a frame, mientras esperamos que el telón se alce de nuevo? Después de todo, ¿qué mejor manera de prepararse para el futuro que honrando el pasado y anticipando lo que está por venir?

Y hablando de honrar el pasado, ¿con quién mejor que el icónico gorila que caracteriza nuestro querido festival? «King Kong» (1933), que el año pasado celebró su 90 aniversario, es uno de los pocos mitos del cine que nace directamente del séptimo arte y no de la literatura. Fiel a su tradición de homenajear a los clásicos, Sitges incluyó esta joya en su programación, recordándonos los orígenes de la técnica que nos ocupa.

 

 

Sin duda, «King Kong» revolucionó la forma de hacer cine, sentando las bases de la animación y los efectos especiales. Por primera vez, un monstruo de tamaño descomunal se volvió el centro de atención de una historia y los actores prácticamente pasaron a segundo plano. Aunque visualmente impresionante, no era un actor de carne y hueso. No era Boris Karloff interpretando a Frankenstein, ni Bela Lugosi haciendo de Drácula. King Kong era una marioneta de 45 centímetros animada en stop motion por el gran Willis O’Brien. Solo se construyó una mano, un pie y la cabeza del gorila a escala real para crear la ilusión en los primeros planos.

 

 

Así como «King Kong» inspiró a toda una generación de cineastas, también cautivó la imaginación de un joven Phil Tippett. Esta fascinación infantil encendió su pasión por los efectos especiales artesanales y lo impulsó a perfeccionar el arte del stop motion.

A lo largo de su carrera, ha creado criaturas míticas. Por ejemplo, animó a Jabba y dio vida a los colosales AT-AT de «El retorno del Jedi» (1983). Su trayectoria es impresionante. Además, trabajó en «Howard el pato» (1986), «Robocop» (1987), «Willow» (1988), «Cazafantasmas 2» (1989) y «Starship Troopers» (1997). También fue supervisor de los efectos especiales de los dinosaurios en «Jurassic Park» (1993), por los cuales ganó un Oscar.

Sin embargo, este premio tuvo un matiz amargo, ya que el stop motion estuvo a punto de extinguirse con la revolución digital que trajo «Jurassic Park». Muchos no saben que originalmente se pensó crear esa película usando stop motion, por lo que contrataron a Phil Tippett, quien dedicó meses a animar los dinosaurios antes de que la tecnología digital transformara la industria. Afortunadamente, en vez de despedirlo, lo ascendieron a supervisor.

 

 

Hace un par de años, tuve la oportunidad de ver en Sitges el documental «Jurassic Punk», que narra esta historia y la vida de Steve Williams, el pionero de los efectos visuales por ordenador que revolucionó la industria con los dinosaurios de «Jurassic Park».

Reconociendo esta trayectoria, el Festival de Sitges otorgó a Phil Tippett un merecido premio honorífico, celebrando no solo sus logros técnicos, sino también su papel en mantener vivo el espíritu artesanal del stop motion en la era digital.

 

 

La presencia de Tippett fue motivo más que suficiente para volver a ver su obra más personal y ambiciosa, «Mad God» (2021), que se proyectó hace un par de años en el festival. Esta experiencia visceral trasciende la narrativa convencional. A lo largo de más de tres décadas, ha plasmado a través de diversas técnicas un retorcido descenso al infierno de Dante, adentrándonos en un mundo post-apocalíptico lleno de grotescas y perturbadoras criaturas que parecen salidas de nuestras peores pesadillas. Aunque técnicamente es impresionante, «Mad God» es una obra compleja, sin diálogos, difícil de digerir, en la que nada parece tener sentido y a la que uno solo se puede enfrentar con la mente abierta.

 

 

Como anécdota, os diré que cuando estaba sentado en la sala, un señor mayor con una frondosa barba blanca se sentó a mi lado. Resultó ser el propio director. A pesar de que andaba con los minutos contados porque me esperaban en una presentación, no perdí la oportunidad y le pedí que me firmase mi acreditación.

 

 

Nuestro viaje por el mundo del stop motion nos lleva a «The Primevals», el proyecto maldito del legendario animador David Allen. Esta producción, con décadas de historia a sus espaldas, quedó en el limbo tras el fallecimiento de su creador, un tema al que ya le dediqué un extenso artículo. Rescatada y finalizada recientemente, «The Primevals» emerge como una auténtica cápsula del tiempo cinematográfica. Con su encanto añejo y su espíritu intrépido, esta obra deliciosamente anacrónica respira nostalgia por cada fotograma. Disfruté como un niño con este legado arqueológico que, por cierto, rinde un evidente homenaje al ya mencionado «King Kong» de 1933.

 

 

En este mundo dominado por lo digital, de vez en cuando aparece alguna película que nos recuerda la magia de lo artesanal integrando el stop motion aunque sea en pequeñas dosis. Un buen ejemplo es «Moon Garden», una modesta producción independiente que combina diversas técnicas para crear su universo onírico. En momentos clave incorpora breves secuencias en stop motion que realzan la atmósfera inquietante, acentuando nuestra sensación de desorientación.

Esta cruda reinterpretación de «Alicia en el país de las maravillas» nos sumerge en la pesadilla de una niña que, tras sufrir un grave accidente, entra en coma. Atrapada en un mundo surrealista y aterrador, debe hallar la salida para despertar y reunirse con sus padres, mientras huye de una siniestra criatura que la acecha, ansiosa por devorar sus lágrimas.

 

 

Una de las películas que más me cautivaron fue, sin lugar a dudas, «Stopmotion», que como os podéis imaginar, mezcla acción real con stop motion. Dirigida por el cortometrajista Robert Morgan, esta macabra historia marca su salto a la gran pantalla. Para quienes no conozcáis a este creador de enfermizas inquietudes, os recomiendo visionar las inquietantes «The cat with hands» (2001) y «The separation» (2003).

Perturbadora y dramática a partes iguales, «Stopmotion» nos adentra, frame a frame, en un tormentoso espiral de locura que genera una atmósfera de muy mal rollo. Esta película híbrida reflexiona sobre la obsesión, el proceso creativo y la concepción del arte. Nos presenta a una joven animadora que trabaja junto a su madre, una leyenda de la animación stop motion que ha perdido la movilidad en las manos y utiliza a su hija para llevar a cabo sus proyectos de forma autoritaria. Atada emocionalmente al trabajo de su madre, cuando esta cae gravemente enferma, ve la oportunidad de liberarse de sus ataduras y crear su propia obra. Esta insana y turbia película puede que no sea del gusto de todos, pero a mí me dejó fascinado con algunas imágenes tan macabras como poéticas. Realmente, merece mucho la pena.

 

 

Antes de concluir debo mencionar «Tony, Shelly y la linterna mágica», una fábula de animación destinada al público más joven que por desgracia pasó muy desapercibida y se merece nuestra atención. Se trata del debut en la dirección de Filip Posivac, una historia sencilla pero que brilla con luz propia, abordando con ternura temas profundos como la empatía, la amistad, la soledad y el paso de la infancia a la edad adulta, todo ello envuelto en un manto de fantasía. Aunque la prensa prácticamente no se haya hecho eco de ella, fue ni más ni menos que galardonada como la mejor película de animación del festival. Con su delicada y meticulosa técnica artesanal, destila creatividad en cada fotograma demostrando que el stop motion sigue siendo una de las técnicas más cautivadoras del cine.

Nuestro protagonista es Tony, un niño muy especial que tiene una característica peculiar y es que literalmente brilla. Sus padres, por miedo al rechazo, no le dejan salir de casa, donde pasa los días escondido en su búnker de mantas, soñando con tener un amigo con quien jugar. Su mundo da un vuelco cuando conoce a Shelly, una niña con una singular linterna mágica que se acaba de mudar a su edificio. Juntos descubren que en el edificio habita algo más que vecinos malhumorados, hay un ser oscuro y misterioso que se alimenta de las desilusiones de la gente.

Lo que me fascinó de esta entrañable historia es cómo equilibra la luz y la oscuridad, tanto visual como metafóricamente. El edificio y sus habitantes adultos se ven grises y apagados, como si esta energía oscura les hubiera robado el color. En contraste, Tony y Shelly pintan su propio mundo con colores brillantes, reflejo de su imaginación.

 

 

Es precisamente este tipo de películas las que alimentan mi pasión por el stop motion y me impulsan a seguir adelante y perseguir mi sueño de crear mi propio cortometraje. Quién sabe, tal vez algún día mi pequeña creación pueda compartir pantalla con estas maravillas en Sitges, iluminando la oscuridad de la sala y tocando el corazón de los espectadores.

 

Jordi Izquierdo Olivé con Robert Morgan
Jordi Izquierdo Olivé con Robert Morgan

 

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