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Sitges 2019: rarezas incomprendidas y olvidadas en el tiempo

Algo de lo que me he dado cuenta asistiendo como prensa a los festivales de cine es que aquellos que enlazamos por inercia proyecciones sin parar, tenemos la tendencia a obsesionarnos con ver el máximo número posible de películas actuales, olvidándonos que a veces en las proyecciones paralelas pueden esconderse joyas más estimulantes y gratificantes.

Quizá sea una tontería, pero cuando planifico mi parrilla saturada de películas de estreno, me emociona si logro intercalar pequeñas rarezas que injustamente cayeron en el olvido. No puedo evitar sentir algo de lástima al ver que, aunque el festival apueste por rescatarlas, los medios de prensa decidan de forma inconsciente que tienen que valerse por sí mismas, sin un empujón que las reubique.

Así que me ha parecido oportuno dedicarle un artículo a estas películas “invisibles”, que ni son comerciales ni se rigen por el mismo patrón.

En ese sentido, este año el festival nos ofreció varias de esas rarezas que cada vez valoro más. Sin embargo me era imposible visionarlas todas.

Por un lado me tentaba la versión íntegra de “Crash” (1996), con escenas nunca vistas de la película más polémica de David Cronenberg. Hipersexsualizada y morbosa tuvo serios problemas con la censura, al exhibir a un grupo de personas que se excitan con los accidentes de trafico. Una película para paladares exigentes.

Otra opción interesante era el nuevo montaje de “El ladrón del arcoiris” (1990), una de las películas menos conocidas de la filmografía del surrealista Alejandro Jodorowsky, autor de películas tan poéticas y cautivadoras como “Fando y Lis” (1968) o “Santa sangre” (1989).

También estuve dudando con “Cuando fuimos brujas” (“The Juniper Tree”, 1986-1990), una historia de brujería rodada en exquisito blanco y negro, que se inspira en uno de los truculentos cuentos de los hermanos Grimm. Una obra de culto islandesa que supuso el debut cinematográfico de una jovencita y magnética Björk.

Pero finalmente me decanté por dos de las más incomprendidas e injustamente ignoradas, que se merecen  adquirir la categoría de película de culto. Me refiero a “The Living Skeleton” y “Tammy y el T-Rex”.

“The Living Skeleton” (1968) es una de las películas de terror japonesas más buscadas. Esta macabra y monocromática variación del arquetipo del “barco fantasma”, es una historia de venganza sobrenatural, que se preocupa más por generar una atmosfera sombría y un inquietante estado anímico, que por la lógica de su estructura narrativa. Es una película inclasificable según los códigos actuales.

Me he guardado para el final “Tammy y el T-Rex” (1994), que para ser sinceros era la película que esperaba con más ansia de esta edición de Sitges. Durante años he estado buscando con cierta nostalgia esta singular película que vi en mi adolescencia en TV3 y me ha acompañado en mis recuerdos desde entonces. Su curiosa mezcla de comedia romántica, científico loco y dinosaurios, me dejó fascinado.

Recuerdo perfectamente que allá por el 1993 a raíz del éxito de “Jurassic Park”, la fiebre por los dinosaurios se había desatado. Así que lógicamente, en paralelo a la película de Steven Spielberg nos llegaron múltiples explotaciones que intentaban sacar provecho del renovado interés por los reptiles prehistóricos y nosotros estábamos encantados. Todo ello empezó con “Carnosaur”, una copia barata de “Jurassic Park” producida por Roger Corman, no apta para niños. Charles Band tampoco dejó pasar la oportunidad y el mismo año produjo “Prehisteria!” primera entrega de la trilogía en la que unos chicos se encontraban cinco huevos de dinosaurios pigmeos. El cine familiar con dinosaurios funcionaba muy bien y proliferaron películas como “Adventures en dinosaure city” o “Rex, un dinosaurio en Nueva York”. 

Así que en este contexto un año más tarde nos llegaría “Tammy y el T-Rex”, una de las explotaciones más raras y curiosas.

Tammy y Michel van juntos al instituto e inician un romance, que no gusta al ex de Tammy, que junto con sus amigos lo secuestran y lo abandonan en una reserva donde un león le ataca y deja moribundo. En el Hospital, un científico loco roba el cuerpo y le extrae el cerebro y se lo implanta a un tiranosaurio mecánico. El dinosaurio tendrá que convencer a Tammy de que es su amado, y vengarse de quiénes le han hecho esto.

Este era el loco argumento de una película que tenía como protagonistas a unos jóvenes Denise Richards y Paul Walker.

Este año gracias al festival de Sitges he podido comprobar que la versión que en su momento yo vi, estaba totalmente adulterada. Lo que convierte a “Tammy y el T-Rex”, en una película aún más rara y desconcertante, ya que fue radicalmente recortada por sus productores para reformularla como comedia juvenil. Se distribuyó como una película familiar y luego cayó en el olvido. Hasta ahora nadie la había podido ver tal y como fue concebida, es decir como una sangrienta comedia gore.

La historia en sí, sigue siendo la misma, no obstante aunque no recuerdo la mayor parte de los detalles, pondría la mano en el fuego de que esa película inocente que yo vi, no tenía ni vísceras ni desmembramientos.

Sin lugar a dudas la recomiendo a cualquier aficionado al cine extraño. Esta proyección ha sido una de las experiencias más estimulantes de las que he podido disfrutar hasta la fecha en Sitges, y a juzgar por las carcajadas y aplausos que se oían en el cine, no fui el único que disfruto de esta disparatada locura cinematográfica.

 

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