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MWC 2025
Al recorrer los pasillos abarrotados del Mobile World Congress, entre smartphones plegables, drones, robots, hologramas y todo tipo de gadgets con inteligencia artificial, me topé con algo que pasó casi inadvertido.
Cuando creía que ya nada podía sorprenderme, y aún menos dejarme boquiabierto, en una esquina apartado del bullicio de los grandes stands me esperaba el CL1.
Mientras la multitud se maravillaba con los últimos dispositivos, tomando fotos y haciendo cola para probar experiencias de realidad aumentada, yo me acerqué intrigado a ver este peculiar artefacto. Se trata, ni más ni menos, del primer ordenador biológico disponible comercialmente. Lo ha desarrollado Cortical Labs, una empresa de biotecnología australiana que puede haber abierto una puerta imposible de cerrar.
Esta revolución silenciosa promete un avance sin precedentes, según proclaman los folletos que recogí del expositor, pero también nos conduce a un abismo de consecuencias impredecibles. El CL1, con sus neuronas cultivadas a partir de células madre humanas, representa no solo la culminación de años de investigación, sino quizás el primer paso hacia nuestra propia obsolescencia.
Con un precio de 35.000 dólares y un lanzamiento previsto para junio de 2025, el CL1 nace como un producto exclusivo. Al contemplar aquel prototipo verde, aparentemente inofensivo, recordé que toda tecnología potencialmente catastrófica comienza así: en espacios controlados, lejos de la atención del gran público, hasta que inevitablemente escapa a todo control.

Al leer el folleto, no pude evitar preguntarme por la limitada vida útil de sus neuronas humanas, apenas seis meses. ¿Qué ocurre cuando dejan de funcionar? ¿Se desechan como si fueran componentes electrónicos obsoletos? Esa frialdad me perturbó más que la tecnología en sí. ¿Estamos cosificando lo que nos hace humanos, reduciéndolo a piezas reemplazables en una máquina?
Aunque desde Cortical Labs aseguran que las neuronas utilizadas no poseen conciencia ni capacidad cognitiva, ¿quién puede garantizarlo?
He escuchado esas promesas de control y seguridad tantas veces… Si algo nos ha enseñado la historia de la tecnología es que jamás anticipamos correctamente sus consecuencias más devastadoras. La energía nuclear prometía electricidad ilimitada antes de Hiroshima; las redes sociales prometían conectarnos antes de convertirse en armas de desinformación masiva.
Abandoné el recinto con la inquietante certeza de haber sido testigo de algo trascendental que pasaba prácticamente desapercibido entre el ruido y las luces del congreso. No pude evitar sentir que estamos ante el nacimiento de una nueva categoría de existencia, y lo estamos presenciando con la misma ingenuidad con la que nuestros antepasados jugaban con radio sin conocer sus efectos. Pero esta vez, no estamos exponiendo solo nuestros cuerpos, sino la esencia misma de lo que significa ser humano. Cada paso en esta dirección nos acerca a un punto de no retorno.
¿Qué ocurrirá cuando estos sistemas neuronales alcancen mayor complejidad? Esta pregunta me mantuvo despierto hasta el amanecer. La posibilidad de crear accidentalmente formas de conciencia híbridas que no podamos prever ni controlar, atrapadas en el limbo entre lo humano y lo artificial, debería aterrorizarnos a todos.
Quizás deberíamos detenernos a reflexionar, porque lo que hace relevante al CL1 no es lo que hace hoy, sino lo que anticipa para mañana. Un futuro en el que la distinción entre nosotros y nuestras creaciones se desvanece mientras cedemos terreno a híbridos que no pertenecen ni al mundo de lo vivo ni al de lo inerte. El día en que las máquinas contengan fragmentos vivos de humanidad será el día en que la línea entre creador y creación se vuelva irreversiblemente borrosa. Y cuando esa línea desaparezca por completo, ¿qué quedará de nuestra identidad como especie? ¿Qué nuevas formas de explotación, control y sufrimiento habremos inventado?
Hemos abierto la caja de Pandora experimentando con los componentes fundamentales de nuestra conciencia, y lo estamos haciendo con una frivolidad pasmosa, como quien juega a ser dios sin manual de instrucciones.







Qué barbaridad Jordi!, si los ordenadores pueden humanizarse supongo que tarde o temprano los humanos podrán implantarse chips para aumentar el rendimiento cerebral