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El tiempo detenido: Stop motion en Sitges 2024

La última edición del Festival de Sitges me dejó, como siempre, con una lista interminable de películas por comentar y muchas emociones que digerir. Entre sesiones de cine fantástico, distopías inquietantes, rituales macabros, criaturas sobrenaturales, propuestas de terror extremo y debates apasionados en los pasillos, tres películas de stop motion lograron silenciar al público.

En este artículo nos sumergimos en esas tres películas que destacan por su calidad y por el peso artístico de sus creadores, que han hecho del stop motion su sello personal. Si bien provienen de perspectivas y estilos muy distintos, comparten un amor por los detalles y una capacidad única para conectar con las emociones humanas.

 

🐌 Memorias de un caracol: La melancolía de Adam Elliot

Adam Elliot no es un desconocido para los amantes del stop motion. Lo conocimos cuando ganó el Oscar con «Harvie Krumpet» (2003), donde nos presentaba a un hombre marcado por la desgracia, narrada con ironía y una animación artesanal difícil de olvidar.

El creador de la conmovedora «Mary and Max» (2009) regresa con un nuevo largometraje que mantiene su inconfundible estilo melancólico. Aquella peculiar correspondencia entre una niña australiana y un hombre con Asperger ya demostraba su habilidad para tocar temas difíciles con ternura y humor negro. En «Memorias de un caracol» lleva esa sensibilidad al límite. Personajes frágiles, voces marcadas por la tristeza y un stop motion profundamente expresivo, con su característico humor negro y lágrimas a partes iguales.

Esta vez, Elliot nos sorprende con una historia tan absurda como profundamente triste. «Memorias de un caracol» nos presenta a Grace, una mujer fascinada por los caracoles que desde niña ha aprendido que el mundo es caótico e injusto y que mientras unos tienen suerte, otros simplemente no. Lo que sigue es un catálogo de desdichas narrado con ironía y un humor ácido que duele tanto como hace reír.

Técnicamente, es una maravilla. Con su estilo personal, que parece tan inocente pero siempre duele más de lo que aparenta, sus figuras de plastilina modeladas a mano con todas sus imperfecciones transmiten más emoción que muchos actores de carne y hueso. Al mismo tiempo, los escenarios llenos de texturas y tonos terrosos amplifican la soledad de sus personajes. Su stop motion nos hace reír incluso cuando el mundo alrededor de sus protagonistas se desmorona.

Absolutamente emotiva, única y visualmente distinta, esta película es de lo mejor que ha dado la animación en los últimos años. No es para todos los públicos, ni pretende serlo. Es un viaje tan hermoso como devastador, que no teme hablar de la muerte ni del paso del tiempo. Al final, la vida es una acumulación de pérdidas. Todo lo que amamos desaparece, pero deja un rastro, como el paso de un caracol.

Salí de la sala con un nudo en la garganta. Fue la película que más me emocionó en todo el festival. Con su humor melancólico, ríes y lloras casi al mismo tiempo, entre carcajadas culpables y momentos desgarradores. No es casualidad que ganara el premio a mejor largometraje de animación en la sección Anima’t. En tiempos de animación por ordenador, esta joya australiana nos recuerda que lo artesanal sigue teniendo un encanto especial.

 

 

 

🧠 Sanatorium under the sign of the hourglass: Los Hermanos Quay y su mundo de sueños rotos

Si hay algo que adoro del Festival de Sitges es que nos acerca películas que de otro modo serían casi imposibles de encontrar.

Hablar de los hermanos Quay es hablar de dos artistas imprescindibles dentro de la animación experimental. Estos dos gemelos idénticos, nacidos en Pennsylvania pero afincados en Inglaterra, han desarrollado un estilo único, influenciado por el surrealismo de Jan Svankmajer y la literatura bohemia europea, entre ellos Kafka. La estética de sus cortometrajes ha sido imitada en muchos videoclips de las últimas décadas.

Su largometraje más conocido es «Institute Benjamenta» (1995), una obra que mezcla acción real y animación para crear una atmósfera profundamente inquietante. Sin embargo, lo que realmente los ha convertido en figuras de culto son sus macabros cortometrajes, como «Street of crocodiles» (1986). Incluso Christopher Nolan se ha declarado admirador suyo, llegando a producir el documental «Quay» (2015) como homenaje a su carrera.

«Sanatorium under the sign of the hourglass» adapta una novela de Bruno Schulz, autor polaco cuya obra ha sido una influencia constante en su filmografía. Fieles a su estilo onírico y surrealista, nos transportan a un enigmático sanatorio en Europa del Este donde el tiempo y el espacio se distorsionan. Aunque no es su película más accesible, su capacidad para crear atmósferas únicas convierte a «Sanatorium…» en una poesía visual tan hipnótica como desconcertante. Sin duda, una rareza destinada a un público muy minoritario y que será muy difícil de ver fuera del circuito de festivales.

 

 

🌿 Sauvages: Claude Barras y su conciencia ecológica y social

La tercera película de stop motion que merece la pena destacar es «Sauvages», del director suizo Claude Barras, quien nos robó el corazón con «La vida de Calabacín» (2016), demostrando una gran delicadeza al tratar temas peliagudos.

Si algo caracteriza su cine es la sensibilidad con la que retrata la infancia para abordar temas complejos. Aunque «Sauvages» no alcanza la carga emocional de su anterior película, nos ofrece una historia entretenida para toda la familia, con un mensaje ecologista muy necesario. En esta ocasión, se aleja de los orfanatos para adentrarse en la selva, donde denuncia la deforestación y sus consecuencias.

El resultado es una película llena de vida que apuesta por la rebeldía y la esperanza. De las tres, esta es la más directa en su mensaje y la más accesible para todos los públicos, con una crítica evidente hacia la codicia humana y las desastrosas consecuencias de la explotación sin control de los recursos naturales.

 

 

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