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Sitges 2025: Drácula y Frankenstein, dos caras de la misma moneda

Sitges 2025: Drácula vs FrankensteinSitges 2025: Drácula vs Frankenstein

El Festival de Sitges volvió a convocar a los viejos monstruos. Lejos de ser reliquias de museo, reclamaron su lugar en una oscuridad que el cine de terror nunca debería abandonar. En los pasillos del festival, más allá de los murmullos, había una inquietud que se contagiaba sin decir palabra. Se notaba en los ojos cansados de quienes salían de una proyección y seguían mirando hacia la sombra, por si algo les devolvía la mirada.

El terror gótico ha regresado como un fantasma que nunca fue exorcizado. Drácula se ha abierto paso con esa presencia hipnótica que convierte el deseo en condena, y lo ha hecho por partida triple. Además de la versión más esperada, la de Luc Besson, el festival proyectó «Abraham’s Boys: A Dracula Story» de Natasha Kermani, basada en una historia del hijo de Stephen King. No pude verla, pero la premisa es sugerente. La película gira en torno al trauma heredado por los hijos de Van Helsing, que han pasado sus vidas bajo el estricto control de su padre, ignorando su oscuro pasado y luchando por comprender su comportamiento cada vez más paranoico. La pregunta es incómoda, ¿de verdad los ha protegido su padre todo este tiempo o su fanatismo es el verdadero monstruo?

 

 

En contraste, también se proyectó «Drácula» de Radu Jude, una peculiar lectura rumana del mito que recurre sin filtro a la inteligencia artificial para hablar de Vlad el Empalador mediante decenas de sketches absurdos rodados con un iPhone. Aquí la inteligencia artificial no es un simple apoyo técnico, sino la columna vertebral del proyecto. Se utiliza en el guion, en la imagen y en la propia reflexión sobre qué significa resucitar una figura legendaria en la era digital. Aún no he tenido ocasión de verla, pero me provoca fascinación y rechazo a partes iguales. Quienes sí la han visto hablan de un uso de la IA demasiado evidente, bastante tosco, incluso primitivo, y de una mezcla de humor absurdo, sangre y sexo que no todos encajan. Me quedé con la duda de si la tecnología está ayudando al mito a renacer o si lo está dejando en un limbo extraño donde ni siquiera la muerte parece querer acercarse, pero sus tres horas de duración hicieron imposible encajarla en mi programación del festival.

 

 

Y luego está la apuesta más mediática, la de Luc Besson, donde el deseo y la condena se visten de gran producción. La historia de amor que nos propone el director de «Nikita» (1990) parece más un remake de «Drácula de Bram Stoker» (1992) que una lectura propia. Desde la puesta en escena, el vestuario y hasta los peinados, todo tiene la sombra de Coppola. Lo que más me gusta es el inicio donde nos presenta a un príncipe guerrero que al morir su amada reniega de Dios. Luc Besson traslada la acción de Londres al París de la Exposición Universal y sacrifica partes fundamentales de la novela de Bram Stoker para centrarse en este romance. «Dracula: A Love Tale» apuesta por el romance y deja el terror a un lado. Y ahí está el problema, la versión de Coppola ya nos mostró una historia de amor que cruzaba los océanos del tiempo, con Gary Oldman y Winona Ryder convirtiéndolo en tragedia. Pero aquí todo termina de un modo precipitado sin el peso que debería tener. Además, el resto queda en segundo plano frente al amor entre Vlad y Mina. La mayoría de sus cambios no me convencen, las novias vampiras desaparecen, Renfield ni siquiera aparece, y en su lugar incorpora unas gárgolas en el castillo al estilo de «El Jorobado de Notre Dame» de Disney, un perfume que el Conde usa para seducir y otros elementos propios que desconciertan más que sorprenden.

 

 

Cuando parecía que Drácula era el rey absoluto del festival, llegó la esperadísima «Frankenstein» de Guillermo del Toro, centrando todas las miradas y recordándonos que no hay monstruo más trágico que el moderno Prometeo que Mary Shelley convirtió en leyenda.

Guillermo del Toro lleva años demostrando que siente una debilidad especial por los monstruos y «Frankenstein» parecía una historia hecha a su medida. Visualmente es espectacular, con una fotografía preciosa, grandes decorados y un diseño de producción cuidado hasta el último detalle.

Paradójicamente, me costó bastante conectar con ella a nivel emocional y la película se me hizo larguísima. Primero Victor Frankenstein nos cuenta su historia y cuando parece que estamos llegando al desenlace, la criatura toma la palabra para contarnos la suya. La idea de conocer las dos versiones de la tragedia me parece interesante sobre el papel, pero planteada así hizo que sus dos horas y media se me hicieran todavía más largas.

Tampoco acaba de convencerme el aspecto de la criatura. Reconozco que tengo demasiado metida en la cabeza la imagen clásica de Boris Karloff en «El doctor Frankenstein» (1931) y «La novia de Frankenstein» (1935). Aquí la criatura me resulta demasiado estilizada y atractiva. Un Frankenstein no debería ser guapo. Debería costarnos mirarlo y aun así terminar consiguiendo que sintamos algo por él. Quizá lo que más me sorprende es que una historia que siempre me ha parecido tan triste esta vez apenas consiguiera emocionarme. Al final «Frankenstein» me dejó frío.

 

 

Conectando ambos mundos aparece Christoph Waltz. En «Drácula» de Luc Besson interpreta al sacerdote que persigue al monstruo, decidido a destruirlo. En «Frankenstein» de Guillermo del Toro es el poderoso mecenas que pone en manos de Victor los medios necesarios para llevar a cabo sus experimentos. En una intenta acabar con el monstruo y en la otra contribuye a darle vida. Dos monstruos legendarios, dos visiones cinematográficas y un mismo actor funcionando como las dos caras de una misma moneda.

 

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