Ya vuelve TerrorMolins y con él esa calma densa que precede a lo desconocido. Del 7 al 16 de noviembre la oscuridad se instala en Molins de Rei, y es que quizá siempre ha estado ahí esperando a que alguien apagara la luz. Seguimos entrando en la sala con la misma mezcla de ansiedad y devoción, como si el miedo fuera la forma más sincera de mirar.
Este año el festival se deja poseer por el J Horror, ese eco del terror japonés que viaja desde los noventa con susurros, sombras y presencias que se resisten a desaparecer. Hace veinticinco años «La maldición» (2002) nos mostró que una casa podía guardar más que recuerdos y que un susurro podía atravesarte la piel. TerrorMolins celebra esa herencia y, con ella, a toda una generación de fantasmas que aprendieron a quedarse. Y sí, también resuenan los vídeos malditos de «The Ring» (1998), esos VHS condenados que emitían algo más que imágenes, como si el propio miedo supiera reproducirse en bucle. De ese mismo pozo oscuro nacen «Dark Water» (2002) y «Llamada perdida» (2003), donde lo cotidiano se corrompe despacio entre teléfonos que suenan sin motivo, goteras imposibles y la tristeza que se filtra por las tuberías. En este cine el folclore japonés y la tecnología moderna se dan la mano y el terror no grita, se insinúa, se arrastra y se queda.

La oscuridad se abre con «Disforia» de Christopher Cartagena junto al corto «Stomach Bug». La película cuenta la historia de un joven matrimonio que, huyendo de la inseguridad de la ciudad, se traslada con su hija pequeña a la casa de campo donde veraneaban en tiempos mejores, con la intención de venderla y continuar su camino hacia Francia. La desaparición del padre y la aparición de una misteriosa visitante desencadenarán una espiral de tensión que convertirán el entorno doméstico en una pesadilla.
Tras muchas proyecciones, «La Frecuencia Kirlian» pondrá el último eco del festival. Una mezcla de imagen real y animación convertirá la noche en territorio radiofónico maldito, que nos invitará a escuchar cinco historias donde los espectros, los fantasmas y los monstruos nos hablarán como si siempre hubieran estado esperando su turno. Después, cuando el telón baje, llegará la mítica maratón de doce horas, esa cita que ningún amante del terror se pierde y las charlas que empiezan con risas y acaban con silencio.
Cada noviembre algo se despierta en Molins de Rei. El miedo regresa a la pantalla, se sienta entre nosotros y respira lento, como si nunca se hubiera ido. Ese niño del cartel podría ser cualquiera, callado, mirando en silencio, recordándonos que el terror no se apaga cuando salen los créditos. El terror vive tranquilo. Espera. Sabe que volverás.







