Ya está aquí. Otro julio más. Desde hoy, Badalona huele a salitre y a cine raro. Mientras medio país se asfixia en terrazas con cerveza tibia o festivales de música bajo el maldito sol abrasador, en Badalona arranca un ritual distinto. Se trata del Cryptshow y no necesita disfrazarse de nada. No hay alfombra roja, ni photocalls, ni postureo. Solo ganas de desmadre y mucho amor por lo raro. Esta criatura escurridiza no quiere ser grande ni mainstream pero sí dejarte tocado por dentro.
Este año el festival celebra su decimonovena edición y se adentra sin disimulo en terrenos pantanosos. La ocultura, ese cajón de sastre que conecta ocultismo, cine maldito, símbolos olvidados, traumas no resueltos y esa sensación incómoda de que hay algo bajo la superficie que preferirías no mirar. Lo han llamado Ocultura y no es un eslogan. Es una advertencia.
Arrancan con una declaración de intenciones y lo hacen a su manera. Porque si vas a empezar, empieza cortando ojos. Es decir proyectando «Un chien andalou» (1929) de Buñuel con música en directo, junto al corto experimental «The Life and Death of 9413 a Hollywood Extra» (1928). Dos piezas que hablan del subconsciente del fracaso y de todo lo que la industria prefiere no mostrar. Nada de confort. Nada de concesiones. Y eso solo para empezar.

El fin de semana sigue con su habitual mezcla de amor por el género y espíritu punk. Cortos que llegan de todas partes del mundo y ese premio de 666 euros con forma de sierra circular que ya es casi una declaración de guerra. Si ves a alguien huyendo del Teatre El Círcol con los ojos muy abiertos y cara de trauma reciente, probablemente acaba de salir de una de esas sesiones.
Y detrás de eso, el abismo. Con la proyección del thriller religioso «Memorias del ángel caído» (1997). Una de esas rarezas que el tiempo ha borrado de nuestra memoria.
El Cryptshow es así. Y cada año que resiste es un pequeño milagro. Un espacio incómodo, necesario y cada vez más raro. No todo el mundo va a entenderlo. Y eso está bien.







