Eventos y ruedas de prensaNoticias

Batman sin Batmóvil y zombis enjaulados: así ha sido Saló del Còmic de Barcelona 2025

 

Los zombis ya no corren como antes, y Batman… bueno, Batman ni coche tiene. Así están las cosas en el Saló del Còmic de Barcelona 2025, donde los héroes van justitos de presupuesto y los muertos vivientes posan para selfies. Si algo ha quedado claro en esta edición es que el fin del mundo puede ser bastante entretenido, sobre todo si lo organiza una editorial con stand y ganas de espectáculo.

 

 

Este año, la gran conmoción no la han causado los supervillanos, sino la desaparición de ECC, una de las editoriales más importantes de los últimos años. Su caída ha provocado un pequeño terremoto de licencias. Planeta ha recuperado con entusiasmo «The Walking Dead» y Panini se ha hecho con DC Comics, presentando con orgullo «Absolute Batman», una reinterpretación del murciélago despojado de todo. Sin Batmóvil, sin mansión, sin Alfred, sin dinero… El Batman de la austeridad. A Bruce Wayne solo le falta compartir piso en L’Hospitalet y trabajar en el centro de clasificación de paquetería de Correos por las tardes.

 

 

Planeta ha puesto toda la carne en el asador, o al menos toda la carne putrefacta. Su stand incluía una jaula con zombis dentro y un taller de maquillaje que se convirtió en una de las actividades más concurridas del fin de semana. Colas interminables, ojos en blanco y litros de sangre falsa. Porque si algo funciona hoy en día, es el zombi fotogénico.

 

 

 

Y si alguien pensaba que los sustos se limitaban a los muertos vivientes, Warner subió la apuesta con la promoción de «Destino Final: Lazos de Sangre». Recrearon un salón de tatuajes con todo lujo de detalles, buscando una experiencia inmersiva que no pasó desapercibida. Los tatuajes eran calcomanías, pero más de uno salió mirando al techo por si acaso caía algo o por si el ventilador que allí giraba decidía hacer de las suyas.

 

 

Pero no todo fueron mordiscos y gemidos de terror. Los superhéroes intentaron no quedar en segundo plano con una exposición de figuras a tamaño real. Más allá de los niños y frikis entregados, abundaban los adultos fingiendo que miraban el móvil mientras esperaban a que se despejara la zona para hacerse la foto con Hulk o el Capitán América sin testigos incómodos.

 

 

 

En paralelo, entre tanto alboroto y un desfile interminable de cosplayers, algunos apasionados del noveno arte encontraron refugio en la Original Comic Art Zone, un nuevo espacio con aire de galería donde se reivindicaba el valor de las obras originales. Allí, sin tantos gritos ni muertos vivientes enjaulados, uno podía contemplar ilustraciones firmadas por autores de renombre, eso sí, con las manos en los bolsillos, no fuera que la tentación nos jugara una mala pasada y acabáramos hipotecados y más tiesos que Batman. Participaron algunas de las galerías más destacadas del sector, como The Green Room, Yojimbo Comics, Black Diamond Comic Art Gallery y Corner4art.

 

 

A escasos metros de ahí, el sector autoeditado sigue resistiendo con propuestas tan atrevidas como desquiciadas que se escapan del circuito más comercial. Un buen ejemplo es la recopilación de «Las historietas de Hermi y Max» de Ricardo Peregrina, una versión grotesca y sin filtros de Epi y Blas que no deja títere con cabeza.

 

 

En otro stand, Guille Martínez-Vela presentaba la edición en catalán de su tira «Niña Pija», rebautizada como «Nena Pija». Pero no se trata del catalán normativo de TV3, sino de uno inventado para imitar la forma de hablar de los pijos de la zona alta de Barcelona.

Compartiendo mesa, «Bella Follamonstruos» llevaba la incorrección un paso más allá con viñetas pasadas de rosca donde la protagonista se enrolla con criaturas sobrenaturales cada vez más inverosímiles. Vampiros, hombres lobo, monstruos marinos… Y a partir de ahí, lo que te imagines y lo que no.

 

 

En otros rincones del Salón, las editoriales independientes, las exposiciones y los fanzines convivieron con una programación variada de charlas y conferencias. Entre las propuestas más ambiciosas destacó el proyecto de un futuro museo de «Alien» que ya cuenta con una recreación bastante conseguida del laboratorio de la nave Nostromo.

 

 

 

El Saló del Còmic no solo trata de viñetas. También es un punto de encuentro entre creadores y sus lectores. Este año pasó por allí una buena variedad de autores, tanto de aquí como de fuera, aunque quedó la sensación de que faltaba algún nombre que rompiera la rutina.

 

 

 

Si algo he de criticar, es que los precios estaban por las nubes. Se echaron de menos aquellas tiendas de muñequitos y librerías de segunda mano que antes daban algo de aire al visitante con presupuesto ajustado. Ahora, encontrar un tebeo a precio razonable era casi tan difícil como caminar diez metros sin tropezar con alguien disfrazado.

 

 

 

Puede que esta edición haya sido un poco más descafeinada que en años anteriores, pero los pasillos del salón, como siempre, se llenaron de cosplayers entregados, fans emocionados buscando la firma soñada, coleccionistas calculando precios como si hicieran una declaración de renta, y familias intentando no perder niños por el camino. Y, cómo no, de personas que, tras jurar que solo iban a mirar, salieron con tres bolsas llenas de cómics.

 

 

 

Por supuesto, las colas para firmas no podían faltar, como ya es tradición. Algunos venían con una maleta llena de álbumes, otros con una mochila de colegio que parecía esconder un cuerpo descuartizado. Seguramente el invitado más mediático fue John Howe, ilustrador vinculado al universo de Tolkien. Pero yo, con mi fascinación por el terror, lo oculto y lo lovecraftiano, no pude resistirme al magnetismo oscuro de Tomás Hijo, maestro del grabado y del espanto. Me llevé su «Morador de las tinieblas» dedicado, pero también una sensación extraña tras estrechar la mano a alguien que probablemente conoce a Cthulhu.

 

 

 

1 comentario

Opina sobre lo que hemos escrito

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.